Hamburgo – Osnabrueck – Amsterdam

5h14min – 471 kms

Desayunamos cerca del Llienhoff. descubrimos la cafetería a la ida. A un minuto de la estación y con una tranquilidad que no encontraríamos allí. Surtido de pasteles, zumos y algo negro a lo que llaman café para empezar bien el día.

No tenemos reserva. Pensamos que no habrá problemas. Craso error. El anden está hasta los topes y la gente empieza a ponerse nerviosa. Nos cambian de anden y cuando llega, a la carrera. Me recuerda los intercities de Londres a Edimburgo, aunque allí es más divertido. Esperan todos fuera del andén, y cuando ha llegado el tren y han bajado todos, abren la barrera. Suelen ganar los abuelos, que han llegado antes y han hecho cola mucho rato para conseguir el mejor sitio, y que corren como demonios.

Aquí no, pero el tren es larguísimo y los que no llevamos reserva dependemos de la habilidad para subir al vagón más vacío y con menos reservas. Volviendo a los trenes ingleses, cada asiento tiene una nota arriba indicando si está reservado y hasta dónde. Aquí solo pone que puede estar reservado, así que si no encuentras uno que no lo ponga te has de sentar y encomendarte a todos los santos.

Tres de nosotros corremos con los equipajes, como podemos, hasta uno de los primeros vagones, en el quinto pino y conseguimos asientos con posible reserva. El otro compañero si que tenía reserva y queda unos cuantos vagones más atrás.

Salimos a las 9:45. Hasta Osnabrueck son 1h 49 mins y unos 230 kms. Aprovechamos para relajarnos un poco y ver el paisaje del norte de Alemania, que no me maravilla. En Bremen sube una riada de gente, pero estamos de suerte. No nos mueven de sitio.

En Osnabrueck transbordo, Nos juntamos todos pero de nuevo hay 3 que volvemos a jugar a la ruleta. Ganamos de nuevo y llegaremos en nuestros sitios hasta Amsterdam, aunque aquí el tren ya va mucho más vacío y hay incluso asientos libres. Por la ventana intento adivinar cuando llegamos a Holanda. Y se nota. Los tejados de las casas son un poco diferentes. De nuevo grandes campos de maíz, pastos, placas solares por todas partes y carriles bici al lado de la vía del tren y por las carreteras. Eso sí, llano como la palma de la mano. No hay duda, esto debe ser Holanda.

Llegamos a Amsterdam a las 15 y empieza la odisea. La estación es un rectángulo enorme y nosotros hemos aparecido por uno de sus extremos. Aquí separaremos nuestros caminos. Dos marcharán mañana para Barcelona, vía Paris a donde llegarán a las 23h. Uno de ellos no tiene reserva, no hubo manera que se hicieran desde Barcelona y hemos de hacerla aquí.

Las taquillas de largo recorrido están justo en el otro extremo del rectángulo, pero como no lo sabemos, nos recorremos toda la estación preguntando e intentando averiguar donde están.

Tenemos suerte, mucha suerte. Nos toca una mujer superprofesional y con más paciencia que el Santo Job. Muy diferente que en Alemania, donde, al menos según mi experiencia, cualquier titubeo es pagado con una mirada asesina y algún aspaviento del tipo de “vete aquí y cuando sepas lo que quieres vuelve”.

El que se quedará conmigo en Amsterdam, sin interrail ni similar, consigue todas las reservas de aquí hasta París sin problemas.

Pero el compañero ex-ferroviario no tuvo tanta suerte. Al igual que el interrail parece ser que el transitario o como se llame tiene una plazas reservadas en cada tren que, si no se reservan hasta 5 días antes, se ponen a la venta. Nosotros las queríamos para el día siguiente. Imposible.

La reserva normal, hasta París y luego a Barcelona, con tan poco tiempo, cuestan una fortuna así que sigue una eterna discusión entre nosotros y con la taquillera a ver que hacemos. Avión, tren, ¿autoestop?. La pbre nos buscó todo tipo de alternativas pero ninguna nos servía. Solo os digo que después de nosotros se tomo un descanso. Finalmente salimos sin reserva y encomendándonos al dios de los ferroviarios.

Debo decir que los ferroviarios se ayudan entre si. Hay un espíritu de cuerpo parecido al de los bomberos o los policías, y nuestro compañero llegó sin problemas a Barcelona.

Frente a la estación hay una gran plaza por donde circulan un montón de tranvías, buses y un poco más allá pequeños barcos que hacen recorrido por los canales. Es decir, que cuando llegas a la estación de Amsterdam y sales fuera, es un maldito caos. No sabes que hacer ni que coger. Pero preguntando se llega a Roma, y nos enteramos que hay unos tickets de 10 viajes para los trams, que compramos. Luego fue cuestión de ir encontrando los trams que tenía que coger cada uno. Dos estaban en un hotel un poco a las afueras pero al parecer encantador y otros dos estábamos en una apartamento. junto al mercado de la flores.

Decidimos ir a nuestros alojamientos a dejar las cosas y encontrarnos al cabo de dos horas en la plaza Damm.

Al llegar la calle de nuestro alojamiento la recorremos dos veces buscando nuestro hotel pero no hay manera de encontrarlo. Luego buscamos el número y nos encontramos frente a una puerta cochambrosa con una pinta como para salir corriendo. Recordamos entonces que lo que habíamos cogido era un apartamento, unos tres meses atrás, en vez de un hotel, por las vistas que ofrecía.

En la reserva había un telefóno al que llamamos y al cabo de unos 15 minutos apareció un joven que nos abrió la puerta y nos guió hasta el tercer piso, sin ascensor, y por unas escaleras holandesas, Quien haya estado en Amsterdam sabrá de qué hablo altas y estrechas,

El apartamento era precioso, menos mal, y con buenas vistas sobre los canales. Tenía una pequeña terraza en el piso superior, que nunca usamos.

Tras acomodarnos y comer un poco salimos, en tram, hacia la plaza Damm. El trayecto estaba en obras, con lo que, si ya era complicado el tráfico normal, con las obras era infernal.

Me impresionó, por no decir que me acojonó, la manera como se entrecruzan coches y sobre todo, tranvías y bicis, y eso que vivo y voy en moto por Barcelona.

La plaza Damm estaba a reventar, como las Ramblas o peor. Cuando llegó el resto nos dirigimos un poco a la aventura y fuimos recorriendo los canales. Así llegamos a la casa de Anna Frank (Nos lo dijo la gente que hacía una inmensa cola para entrar), junto a la preciosa iglesia Westerkerk que se levanta majestuosa sobre los canales. Un poco más allá nos encontramos con el museo de los tulipanes y el del queso.

Después de cenar, no muy bien, en un argentino, hicimos la inevitable visita al barrio rojo, que estaba, partiendo de la plaza Damm, en sentido contrario al que habíamos ido antes.

Eso sí que son las Ramblas. Una riada de gente, la mayoría turistas, recorría las calles buscando las red lights donde se exhiben las señoritas y demás géneros alternativos. No me gustó nada. Coincide con mi idea de lo que debía de ser un mercado de esclavos, en este caso sexuales, con la exhibición de la mercancía en los escaparates.

Había para todos los gustos y necesidades. Ninguna te presta atención, tan solo se exhiben. Si te apetece llamas y empieza la negociación. Lo encontré deprimente, pero que se podía esperar.

Por fin salimos del barrio y tras un breve paseo nos despedimos deseando suerte a los que viajaban al día siguiente. Dos de nosotros nos quedamos un par de noches más antes de proseguir viaje pero hacía Bélgica.

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